sábado, 12 de mayo de 2012
Rozando la libertad
Casi lo consigo, he estado tan cerca...
Esta mañana, a eso de las ocho de la mañana, una mano ha dejado mi desayuno en el suelo de mi habitación, la misma mierda de siempre, un vaso de leche cortada y una rebanada de pan mohoso. Creo que la persona que ha venido a traerme el desayuno no era el capullo de Guillermo, tenía una mano muy diferente e incluso diría que femenina.
Ojalá Guillermo esté con gripe o incluso mejor si está acomodado ya en su cajita, rodeado de flores y enterrado a dos metros bajo el suelo.
De camino al váter y acompañado por uno de los celadores he podido ver la sala donde se reúnen normalmente para hablar de lo asquerosa que es su vida y reírse un poco a costa de los enfermos.
Hace tres dias, en las duchas, pude ver las marcas de Mario, un enfermo de esquizofrénia de la planta de arriba, tenía en el pecho, cintura y muslos la marca de las correas que le atan a la camilla, además de un bonito moratón ya amarillento en el pómulo.
Esos tíos no tienen ni corazón ni respeto y utilizan cualquier excusa para golpear sin motivo a los enfermos y así desahogarse un poco, espero que no me llegue la hora por que creo que no responderé de mis actos.
Al pasar por delante de la puerta las pude ver, un manojo de llaves relucientes, el mismo que vi en la mano del celador el día que ingresé y que abría la verja principal del centro, pero apenas las miré demasiado, no quería que el gorila que andaba detrás de mi se diese de mis miradas curiosas.
Al llegar al váter entré solo, como siempre, el váter era enorme y muy luminoso, tenia cinco pilas con sus respectivos espejos, cinco retretes y unas duchas abiertas donde nos duchábamos por grupos. Oriné y estuve unos segundos viendo el agua caer al tirar de la cadena, me daba una sensación así como de libertad.
Al salir me miré en el espejo y tenía un aspecto un tanto (bastante) desaliñado, el pelo revuelto, barba de días e incluso de semanas diría, estaba extremadamente delgado. Desde que entré como y ceno bastante mal, incluso hay días que ni lo hago.
Cuando me iba a encaminar a la salida del baño vi que la puerta estaba entreabierta, no mucho, un haz de luz entraba del pasillo.
Me extrañó bastante, los celadores suelen dejar todas las puertas cerradas menos la de su sala, pienso que la dejan abierta para cuando pasemos nosotros ya que allí tienen su máquina de café, algunos bollos en una cesta, revistas y una televisión, aunque nunca la he visto encendida. Saben que, aunque sea poco lo que allí tienen, el pensar en entrar tranquilamente y prepararnos un café acompañado de un bollo y ver un poco la televisión o ojear una revista nos produce un sentimiento indescriptible.
Me asomé al marco de la puerta y vi al celador entretenido hablando distendido con un guardia de seguridad. No me lo pensé. Aproveché la oportunidad y salí pegado a la pared sin hacer el mínimo ruido. Avancé hasta la esquina del pasillo y la giré, en ese pasillo no había nadie, sólo la sala y sin nadie dentro. Entré sin pensármelo, fui directamente hacia los bollos y cogí un par, me los guarde dentro de los pantalones y me di la vuelta y, allí estaban, esas bonitas llaves que brillaban como si de una luz se trataran. Mi cabeza no lo pensó mucho, se acerco y las cogió, mis piernas echaron a correr hacia la entrada, pero tenía que llevar la precaución de que los celadores estaban paseándose por los pasillos de vez en cuando, así que fui bastante cauteloso.
Llegué a la entrada principal del centro, asomé la cabeza por la esquina del pasillo y vi que en la recepción no había nadie. Pero, ¿qué pasaba? Todo estaba siendo demasiado fácil…
Aún así abrí la puerta con precaución pero no pude evitar que chirriara, aunque ahora ya me daba igual, estaba en el jardín y delante tenia la verja y, detrás de ella, la libertad.
Cuando estaba delante de la verja dispuesto a abrir, noté algo frío y muy duro en la sien que, instantáneamente, hizo que me desplomase de espaldas, mirando al cielo y parte del edificio, la segunda planta para ser exactos. Y allí estaba ella, en la ventana...
Aquella chica mirándome con un pelo tan rubio que deslumbraba mirarla, era preciosa, pero, ¿qué hacia allí? Jamás la había visto antes, ¿sería mi imaginación?
Antes de desmayarme del todo, giré la cabeza hacia el lado izquierdo, ya sin fuerzas, y allí estaba el guardia de los baños, de su mano colgaba una asquerosa porra, la misma con la que me había abierto la cabeza.
Me he despertado en la habitación con un dolor de cabeza peor que el de las resacas de los domingos por la mañana. Al incorporarme aún quedaba algo de sangre en la almohada, ya reseca, pero aun doliéndome la cabeza, no dejaba de pensar en esa chica.
¿Quién era?
Y lo peor… ¿Qué hacía allí?
jueves, 3 de mayo de 2012
Aprendiendo a soñar
Es extraño,
Hoy he podido dormir del tirón, más horas de las habituales, y incluso he soñado, pero no lo recuerdo demasiado bien, la verdad…
Hoy me han dejado salir al jardín a dar un paseo, eso sí, con el cabrón de turno pegado al culo. Ese tal Guillermo. No se me ha presentado como tal. Escuché a otro celador llamarlo así mientras iba de camino al váter. No te mira a los ojos, me he fijado, es como si tuviera miedo a que se le pegue algo, simplemente te da la orden cuando se acaba tu tiempo de paseo y te señala la entrada, siempre mirándote por encima del hombro, con ese aire de desprecio que le caracteriza.
Después de varios días en aislamiento preventivo, salir un rato al jardín ha sido lo mejor que me han dejado hacer desde que estoy aquí, salir por la puerta ha sido un suplicio, la diferencia de estar en un sitio lúgubre y sin apenas luz a salir a un jardín lleno de contrastes y a plena luz del día me ha dejado un poco descolocado, al salir por la puerta la explosión de luz ha sido impresionante, me he echado las manos a toda prisa a los ojos, pero aun así no he podido evitar que me estuvieran llorando durante varios minutos.
Treinta minutos no son demasiado, pero para mí han sido más que suficientes, los pocos pajarillos que por allí pasaban no dejaban de canturrear, miles de combinaciones me vienen a la mente con el solo silbido de un pájaro. Resulta irritante al fin y al cabo, no consigo concentrarme en una melodía.
A la mierda los pájaros, prefiero mi guitarra y puestos a pedir una cerveza bien fría.
Pero cuando más relajado estaba, el cabrón de Guillermo, con ese asqueroso vozarrón prepotente me ladra que mis treinta minutos han acabado, que debo entrar inmediatamente al recinto…
Puto gilipollas…
No conoce lo que es estar tres días encerrado en una habitación asquerosa con más luz que la de un foco medio fundido.
Creo que esta noche me acostaré antes, me ha gustado la sensación de poder soñar, espero poder recordar algo mañana.
Buenas noches.
Hoy me han dejado salir al jardín a dar un paseo, eso sí, con el cabrón de turno pegado al culo. Ese tal Guillermo. No se me ha presentado como tal. Escuché a otro celador llamarlo así mientras iba de camino al váter. No te mira a los ojos, me he fijado, es como si tuviera miedo a que se le pegue algo, simplemente te da la orden cuando se acaba tu tiempo de paseo y te señala la entrada, siempre mirándote por encima del hombro, con ese aire de desprecio que le caracteriza.
Después de varios días en aislamiento preventivo, salir un rato al jardín ha sido lo mejor que me han dejado hacer desde que estoy aquí, salir por la puerta ha sido un suplicio, la diferencia de estar en un sitio lúgubre y sin apenas luz a salir a un jardín lleno de contrastes y a plena luz del día me ha dejado un poco descolocado, al salir por la puerta la explosión de luz ha sido impresionante, me he echado las manos a toda prisa a los ojos, pero aun así no he podido evitar que me estuvieran llorando durante varios minutos.
Treinta minutos no son demasiado, pero para mí han sido más que suficientes, los pocos pajarillos que por allí pasaban no dejaban de canturrear, miles de combinaciones me vienen a la mente con el solo silbido de un pájaro. Resulta irritante al fin y al cabo, no consigo concentrarme en una melodía.
A la mierda los pájaros, prefiero mi guitarra y puestos a pedir una cerveza bien fría.
Pero cuando más relajado estaba, el cabrón de Guillermo, con ese asqueroso vozarrón prepotente me ladra que mis treinta minutos han acabado, que debo entrar inmediatamente al recinto…
Puto gilipollas…
No conoce lo que es estar tres días encerrado en una habitación asquerosa con más luz que la de un foco medio fundido.
Creo que esta noche me acostaré antes, me ha gustado la sensación de poder soñar, espero poder recordar algo mañana.
Buenas noches.
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